Daniel Camarero

“Todos podemos entrar en el colectivo del arte”

Entrar en el Centro cultural Borda es como sumergirse en un universo que existe solo en ese lugar. Un jardín interminable con lomas, árboles y senderos; un elefante rosa gigante que indica que por ahí cerca hay una puerta que lleva a un lugar plagado de arte. No de cualquier arte; de un arte en el que interviene la locura, la pasión, la creatividad y las ganas de paliar el sufrimiento que genera padecer una enfermedad mental con una buena dosis de goce artístico. En este colectivo entran todos y pasa de todo. Hay cuadros de mil colores hechos por artistas y también por internos, frases fluorescentes, un piano, cuartos, cuartitos, salones con techos altísimos, escaleras caracol, esculturas, telas, música. Un chico toca la Sonata 14 de Beethoven y al mismo tiempo otro tiene una conversación telefónica en perfecto inglés británico con no sabemos quién. Otro mira apasionada y sostenidamente un video con una coreografía de una danza medio electrónica en Youtube. Todos conviven en esa atmósfera donde se respira arte, se transmite creatividad y se despierta la imaginación. Entre esos chicos está Daniel Camarero, psiquiatra y Jefe de Servicios del Hospital Borda, que en 2010 tuvo la genial idea de crear el centro cultural al que dedica voluntariamente todas sus tardes tras terminar su trabajo formal en el Hospital. En esta charla nos cuenta todo lo que hace en este espacio que funciona dentro del Borda y que el mismo impulsó con la ayuda de artistas voluntarios y los internos del Borda:

¿Qué creés que te impulsó a dedicarte a la psiquiatría?

Evidentemente es una vocación de joven de cuando era estudiante de medicina, y un hecho me fue llevando a otro, azarosamente pareciera: me hice amigo de un psiquiatra que me mostraba pacientes psiquiátricos en forma temprana de mi carrera; casualmente fui a parar a vivir al lado del neuropsiquiátrico donde yo estudiaba en Córdoba y un día me metí y me hice amigo de los médicos de guardia, íbamos a las clínicas; después mi compañero de estudio que no iba a hacer psiquiatría se entusiasmó también y bueno, ya estábamos los dos embarcados en una decisión que quedó instaurada, metida en la médula, ya no me la pude sacar más. Siempre digo que debe haber un hecho que marca: el primer encuentro que tuvo con la locura cada uno. Yo lo registro siendo niño; vi una loca caminando por una calle de mi pueblo en Cipoletti que me llamó mucho la atención, gritaba, hablaba sola, parecía una bruja. Era como, ¿qué le pasa? ¿qué tiene? Ese fue el primer contacto, se ve que me quedó la curiosidad de saber qué le había pasado a esa vieja loca.

¿Cómo empezaste a trabajar acá?

Y fue el premio a la insistencia, en aquellos años no era fácil que te abrieran las puertas. Vivíamos épocas duras políticamente, fue en el 80′, dictadura, etcétera. Me vine para Buenos Aires porque daba más oportunidades, y el Borda en ese sentido fue más abierto y me dio la posibilidad de sobrevivir haciendo guardias, empezando de abajo y haciendo la carrera hospitalaria. Y era con todo, llegabas y te decían: “tenés acá 45 pacientes y arreglate, venís a solucionar problemas, no a crearlos, y no vengas a plantear nada. Si hacés guardia la hacés, no me despiertes. Arreglate y aprendé”.

¿Y a ese proceso lo disfrutaste o lo padeciste?

Sí, era duro pero con el paso del tiempo uno quiere volver a esa época, las balas no me entraban, el deseo de progresar era muy grande entonces a mí me ponían una pared y yo la saltaba. Pero era duro, si te necesitaban no te lo demostraban.

Me imagino. Trabajaste muchos años acá ¿Cómo llegaste a involucrarte con el centro cultural?

Uno de mis jefes se dedicaba al arte y hacía investigación sobre el arte que hacían los pacientes. Y acá hubo un paciente, Luis, que pintó mucho, cuadros, murales. Y mi maestro escribió un libro sobre el desarrollo de la pintura de este paciente, que pintaba gatos robóticos, con rueditas, antenas, participaba de un delirio… que estos gatos nos iban a invadir. Yo encontré esos originales y los guardé; pasé por distintos servicios del hospital y era como que los cuadros estos me iban acompañando, hasta que cuando llegué a ser jefe empecé a crear un espacio en alguna piecita o rinconcito para dedicarnos al arte con los pacientes, donde ellos pudieran pintar sus propios cuadros. Y bueno después hice crecer más a eso, todos estos cuadros que nos rodean son de esa época. Yo lo fomentaba y el paciente respondía, eso me gustaba; había pacientes con mucha producción y otros que nunca habían agarrado ni un pincel y a mí me gustaba que lo hagan.

Con el tiempo conseguiste este espacio ¿Cómo hiciste?

Sí, es otra etapa, yo me dediqué a muchas cosas, al gremialismo, después me enfermé, volví, y bueno, este sector estaba abandonado, este edificio tiene su larga historia de 120 años más o menos. En el origen fue cátedra, después fue depósito, talleres y a lo último era el cuartito del fondo. Y bueno, el techo se rompió y entró en esa decadencia, lleno de escombros, de basura;  y ahí fue cuando entré hace seis años; aprovechando la experiencia anterior pensé en aplicarla en este edificio. Tuvimos que sacar basura y basura, llevar containers.

¿Te ayudaban los internos?

Sí, yo creo que eso lo hicieron los pacientes, nos poníamos a trabajar días enteros, ellos trabajaban, después venía la mateada, la reunión, el encuentro. Ellos fueron los mentores de esto. Y a partir de ahí empezaron a venir los artistas de afuera, y ahí surgió la idea de mezclar, que no se notara si era de afuera o de adentro. Fue interesante porque ese aporte inyectó ideas, potencia, también aparecieron las redes sociales y pudimos difundir lo que se estaba haciendo. Ahí empezó la tarea de colgar cuadros, recuperar espacios, hasta que empezamos a hacer cosas importantes como el elefante del jardín. Tenemos pacientes internos y ambulatorios, externados del Borda, que se atienden acá y después se dan una vuelta por el centro, tocan la guitarra, hacen bandas de música, radio, canto, cine, poesía. Y también está la posibilidad que te da la tecnología hoy de poder pasarlo a la computadora y que se puedan ver a ellos mismos.

¿Qué crees vos que les aporta a ellos entrar en contacto con el arte?

Entiendo que el arte lo que hace es descubrir potencialidades, no es que el individuo es un ser que se cura a partir del arte, pero tal vez hay potencialidades que la enfermedad tapa y así se pueden ver. O para el individuo que ya tiene capacidad artística esto es como un envión o empuje hacia la expresión. Y está el individuo jamás tuvo contacto con la expresión artística. Fijate vos que hay individuos que nunca tuvieron la oportunidad de hacer nada artístico pero porque se enfermaron agarraron un pincel. Y el arte, el teatro más que nada, también permite al paciente fantasear, jugar, entrar en ese código en el que todos participamos, ese acuerdo de que estamos representando una situación que es ficticia, una fantasía. El enfermo mental delira, se lo cree, y esto en lugar de delirar le permite participar, jugar. Todos podemos participar, todos podemos entrar en el colectivo del arte; la locura es un espacio de difícil entendimiento, compartir el sufrimiento de un enfermo mental loco… El arte ayuda a ponernos todos en el mismo nivel, aunque no sepamos de arte, pero bueno, los ignorantes nos juntamos.

¿Y cómo es un día de trabajo tuyo acá en el centro? No hacés todos los días lo mismo.

Y no sino sería aburrido; haber participado de esta actividad artística de los pacientes es un poco para que lo profesional no se haga aburrido y tedioso, es estar un poco del lado positivo, ver las cosas interesantes que pueden salir de la locura y compartirlas y acompañarlas. A veces me toca el rol de poner orden, autoridad, presencia, que hace que se movilicen cosas, que funcione. Y después coordinar un poco las actividades. Los miércoles el fuerte es radio, los jueves pintura, los viernes literatura, los sábados cine, pero la idea es que vengan, no importa a hacer qué, la idea es darles la oportunidad de hacer algo con calidad. Nosotros queremos ofrecerle al paciente que si participa de una radio por ejemplo, después ponga el celular y se escuche.

Hacen ciclos de música, de teatro, y más. ¿Quiénes vienen a verlos?

Hacemos festivales todos los primeros domingos de cada mes, vamos por el número 50. Vienen de afuera y de adentro, se hacen shows de variedades y cada uno muestra lo que puede, lo que sabe; ahí seduce mucho el teatro, preparan un sketch, una comedia, es toda una situación de estrés, de pánico escénico, como les pasa a los artistas. Vienen desde los voluntarios que están siempre hasta gente que viene con curiosidad, inquietudes, intereses. Vienen también instituciones de afuera. Gracias a eso también podemos sobrevivir. Lo que nos ha sostenido fue la sociedad: esa que a veces es cruel con el enfermo, también es solidaria y nos aporta desde los recursos humanos. Hay un grupo de artistas, “Los dadores de arte”, que estuvieron siempre involucrados, se dedican más a la pintura. Hay otro que hacen remeras, serigrafías, la radio, teatro. Nosotros nos adaptamos al paciente, no es que el paciente se tiene que adaptar: queremos que esté en el living de su casa. No tiene por qué vivir en una sala donde todas las camas son iguales, acá es distinto, queremos que sea un lugar especial, distinto para él.

¿Y a vos que sentís que te aportó todo esto?

A mí personalmente el centro cultural y el ambiente artístico me dio la idea de la sencillez, de lo que se vive. Ser gestor o reproducir algo lindo me dio satisfacción, me permitió decir “bueno, acá estoy, puedo hacer algo”. Yo esto lo tenía hace muchos años como idea, y bueno a mi me dio esa posibilidad de difundirlo. Además esto tiene una proyección al futuro; vamos a una forma de atención psiquiátrica que son las Casas de Medio Camino. La idea es que el paciente cuando salga externado tenga un lugar donde refugiarse y yo no concibo que sean casa vacías con seis pacientes y nada ¿Qué va a haber en esas casas? arte, es mi pretensión ¡si lo logro!