Daniel Gradar

“Dentro de la oscuridad que se vive, el taller es un espacio de luz”

Daniel Gradar decidió llevar su arte y su imaginación a un gigantesco salón del Moyano para iluminar las vidas, mentes y almas de las mujeres que están internadas. Desde el año 2007, cada quince días, los miércoles por la mañana se abren las puertas de un espacio totalmente libre, en el que todo puede pasar, y donde no importa qué pasó antes, ni lo que deparará el futuro; porque lo que vale en esas dos horas, es la magia que surge en ese momento, donde a través de la lectura, la escritura y la poesía, ellas se encuentran con la libertad de jugar, expresarse e imaginar nuevos mundos posibles.

¿Cómo entraste en el mundo de la poesía?

Hace muchos, muchos años, creo que arranqué con un diario íntimo que tenía. Y después empecé a trabajar con un maestro de la poesía experimental, un poeta que se llamó Jorge Santiago Perednik; yo lo acompañé 25 años, y también me incliné hacia la narrativa. Publiqué un libro de cartas que se llama “Renacer sin morir”. En paralelo, desde el año 1997 soy parte de la Asociación de Poetas Argentinos (APOA). Siempre hicimos mucha actividad, no para mirarnos el ombligo, sino para afuera; íbamos a escuelas, a centros de tercera edad, plazas, parques, a veces íbamos a las estaciones de trenes y subtes el Día de la Poesía, a repartir poemas a la gente. Algunos pedían el poema y otros no se daban ni el tiempo para mirar de qué se trataba. Y en un momento nos preguntamos “¿qué más podemos hacer?”, y yo recordé que tenía un contacto en el Moyano, y que, según mi maestro, el único lugar donde yo podía dar un taller de poesía desde mi mirada, era en el Moyano. Y bueno, hice contacto con este conocido, y logré arrancar a dar mi taller de poesía en el hospital en 2007.

¿De qué forma lo planeaste o lo diagramaste?

Empecé a ver de qué se trataba más sobre la marcha. Cada reunión tiene mucho que ver con lo que pasa en ese momento, y con quién viene de afuera también, porque vienen de visita muchas personas: actores, músicos, escritores. Hay mucha rotación en el taller, porque yo trabajo con las chicas que están en terapias de corto plazo, de cuatro meses. Dentro de la oscuridad en la que se vive, el taller es un espacio de luz. Ellas vienen y van viendo de qué se trata, si ven algo que les resulta interesante se suman, charlamos mucho. Y siempre pasa algo diferente. La propuesta es: “estamos acá, vamos a charlar y a escribir lo que salga”. Por ejemplo, una vez yo llegué, era un día de lluvia y conté un secreto sobre por qué había llegado más tarde. Y a partir de ahí se dio la consigna de contar secretos. Fue muy fuerte lo que contaban las chicas; muchas contaban cuántas veces se habían tratado de suicidar. Y justo ese día habían poetas de APOA que se habían sumado a presenciar el taller; ellos mismos se pusieron a contar sus intentos de suicidio. Eso es llamativo, a veces cuesta saber quién está desde el afuera y quién desde el adentro. Me gusta eso del límite que se desdibuja. Y no hay tema que no se pueda tratar.

¿Qué creés que les genera a ellas el hecho de ser leídas, después de escribir una poesía?

Las hace visibles a una sociedad que quizás tiene invisibilizada la locura, o que claramente no ve a alguien que está en el Moyano. Nosotros tenemos un blog donde publicamos lo que escriben. También hemos hecho publicaciones con lo que escriben, y lo que les pasa cuando se ven impresas es muy lindo. Muchas veces las invito a participar en el programa de radio de APOA del que soy parte, se llama “Luna enlosada”. Yo las grabo en el taller, y cuando después ellas se escuchan, yo no les puedo contar lo que les pasa. El espacio de taller es un espacio abierto, un gran salón, en donde “se escuchan voces”, decimos siempre con las chicas. También trabajamos mucho con el afuera. Yo suelo grabar saludos para ellas, con los que después también trabajamos. Tenemos más de 600 grabados. De Patricia Sosa, Mercedes Sosa, Abel Pintos, Silvina Garré. El de Silvina fue el primero, y me hizo descubrir lo que significaba para ellas recibir un saludo de afuera. Ese día trabajamos con la canción “Era en abril”. Yo tenía mis prejuicios sobre si trabajarla porque trata sobre la pérdida de un bebé, y la posibilidad de un suicidio: “estamos pensando, sería mejor, el marchar los tres, a quedarnos dos”. Y a pesar de mis prejuicios fue genial lo que pasó. Desde entonces también trabajamos mucho con el hecho de “estar loca”, de cómo se trata la locura en el afuera. Una vez una de las chicas me dijo que “la habíamos hecho pensar”, una mañana. No sé si se estaba quejando o si estaba agradeciendo.

Y a vos, ¿qué te pasa con lo que sucede en el taller, qué descubrís?

Yo desde mi lugar de coordinador me sorprendo todo el tiempo, sin intentar descubrir nada, aparece siempre algo sorprendente. Descubrimos en conjunto. Y también aprendo, a trabajar desde lugares nuevos, inéditos, y a correr mis propios preconceptos. Hay una diferencia entre el psiquiatra y yo, y es que cuando él anota, anota algo sobre un cuadro clínico, en cambio, yo anoto algo que dijeron que me pareció poético, y hasta a veces se los leo, para que ellas vean lo que son capaces de hacer.

¿Qué sentís que les aporta a ellas el espacio del taller?

Muchas veces me lo dijeron y es que la mañana del taller es una mañana distinta, dicho por ellas. Y dicho por mí, el Moyano, el Borda, a veces se toman como espacios oscuros, y este es un espacio de luz. Hablamos de lo que podemos siempre, siempre se lanza algo inesperado con alguna palabra o un libro que tomo de la biblioteca. Armamos una biblioteca abierta a todas las chicas del hospital, cada una puede tomar un libro y llevárselo para leer. Y en el taller, no hace falta escribir de tal o cual manera. Vienen muchas chicas que dicen, “yo nunca escribí”, y bueno, yo siempre digo, “hoy va a ser tu primer día, escribí y vemos qué sale”. Yo considero que uno aprende a escribir escribiendo. Por ejemplo, una vez vino David Sorbille, un escritor, a presenciar el taller, y trajo un texto de él que aún no estaba terminado y propuse la consigna de que cada una intente buscarle un final. David quedó impresionado con los finales que propusieron. Yo intento siempre darles un lugar de importancia, que no se si ahí o en otro lugar lo tienen; para ellas es hasta extraño que no se las llame por el apellido -en el hospital se las llama por el apellido únicamente-; yo las llamo por el nombre.

¿Qué tipo de vínculo o relación se da entre las alumnas en ese espacio?

Y, como en todos lados, pasa de todo. Hay veces en que hay alguna que viene con mucha necesidad de ser el eje de la reunión, aparece el tema del ego, tanto como pasa en el afuera. Y también trabajo mucho sobre el tema de la convivencia, porque ellas están conviviendo sin haber elegido convivir, y suele haber conflictos. Un día había unas que criticaban a otra porque no les gustaba cómo habían decorado las paredes del taller. Y trabajamos a partir de eso: yo les propuse que se miren para adentro, que busquen adentro de ellas, qué tenían en común con eso que criticaban. También a veces surgen sentimientos en común; muchas de ellas ven al hospital como una cárcel. Y bueno, se trabaja también con eso, con comparar, en qué se parece realmente el hospital con la cárcel y en qué no.

¿Recordás algún fragmento de alguna alumna que te haya llamado la atención?

Sí, hay muchos, pero te podría recitar algunos que me quedaron resonando mucho. Uno es de una chica que escribió para la Luna (esa era la consigna). El verso final que escribió dice: “Luna, no te enojes conmigo, ¡triunfá!”. Y otro, una mañana una chica escribió sobre su madre, y en el final dice: “Madre mía, cruz, o consuelo”. Me parecieron los más lindos versos para mostrarte qué puede pasar en una mañana del taller. Una buena foto del taller, es el aquí y ahora. A veces nos vamos un poco para atrás, o un poco para adelante, pero el taller es eso, es lo que está pasando ahí, en ese momento, para ellas. Un día tal vez viene una sola, otro vienen diez, o cinco. Pero a mí no me importa, si viene una y yo le cambié la mañana, para mí ya está, el taller sirve.