Ezequiel Ávila

“Cada grano de arena suma”

Un día Ezequiel decidió empezar a sumar. Y así se acercó a una organización que todos los martes y viernes acerca una olla popular a personas en situación de calle y al mismo tiempo los escucha, los asesora y les ayuda a solucionar distintas problemáticas de su vida diaria. Durante cinco años Eze salía de trabajar del banco donde ve pasar billetes, préstamos, créditos, y se trasladaba a otra realidad totalmente opuesta, de gente que tiene muy pocas de sus necesidades cubiertas, y que necesita mucho; desde un plato de comida hasta un oído o un abrazo. Él se involucró con sus historias, su contexto, y su vida diaria. En esta charla nos cuenta sus impresiones, las emociones que sintió, distintas historias y todo lo que aprendió a través de esta experiencia.

¿Cómo llegaste a participar en algo voluntario?

Tengo un amigo que siempre hizo cosas voluntarias, estuvo en la revista la Garganta Poderosa, iba a barrios a ayudar, yo lo he acompañado, y después por él llegué a la organización en la que estuve durante cinco años, se llama “Calles en Lucha”, es de Ramos. La idea es, a través de una olla popular, atraer a la gente que vive en situación de calle, o que tiene distintas necesidades, para servirles la cena, pero también para conocerlos y ayudarlos en lo que necesiten; desde conseguirles turnos médicos hasta asignaciones, o llevarlos a asistentes sociales, facilitarles trámites. También tratábamos de concientizarlos para que se organicen y puedan reclamar por sus derechos; es difícil porque vienen de vidas complicadas, padres que han sido violadores o que los han mandado a robar.

¿Cómo era un día en la organización?

Estaba dividido en varios grupos, cocina, actividades para los niños, todo se hacía dentro del mismo espacio, el lugar era en Rivadavia y Avenida de Mayo, “El Triangulito” le dicen. La comida la hacíamos nosotros, recibíamos donaciones de diferentes lugares, y reclamábamos al Estado para que nos donaran. Eran los martes y los viernes a la noche; cocinábamos, había mucha gente que se sumaba a ayudar a cocinar también, y una vez en el lugar, después de comer hacíamos actividades más recreativas para todos, cuando teníamos ropa entregábamos ropa, también escuchábamos muchas historias, de todo tipo.

¿Alguna que quieras contar?

Hay una historia de un pibe que se llama Ezequiel que vivía en la parada del colectivo, enfrente de Rivadavia; una compañera se lo llevó a vivir a su casa; y bueno, obviamente ellos están acostumbrados a una vida muy libre donde nadie te pone reglas, él tenía 12 años, empezó re bien pero después cuando ella le tenía que poner un límite era muy difícil. Un día se tomó una tableta de Clonazepam entera, estaba súper drogado, y ahí mi amiga intentó ponerle límites pero él se enojó; y bueno, ella se asesoró legalmente porque en realidad no es legal llevarte a alguien a tu casa, y la adopción hoy es muy difícil. Así que volvió a la calle, pero por suerte pudimos dar por facebook con familiares por parte de su padre, que eran de Mendoza, y a los dos días lo vinieron a buscar, se lo llevaron para allá. Hoy es un pibe que estudia, que trabaja en un kiosco con la familia allá en Mendoza, está bien. Nuestra idea era esa, no generar asistencialismo a través de la organización, sino cambios en la gente que se acerca, que puedan salir adelante.

¿Y vos? ¿te has involucrado de cerca con alguna historia?

Sí, con dos chicas que hoy tienen 15, ellas quedaron embarazadas a los 13 años, tenían una casa, pero a veces la casa es más monstruosa que la calle, así que hice un seguimiento de todo lo que necesitaban, me contactaba con organizaciones de apoyo psicológico, y también las llevábamos a lugares de salud. También hay otras tres chiquitas que son hermanas, nos enteramos que el hermano mayor abusaba de ellas, estaba metido en las drogas también; y bueno, acudimos al Estado e intentamos que la asistente social del sector donde viven esté al tanto de todo lo que pasaba en la casa de ellas. Con las chicas tuve más vínculo todavía porque las he llevado al cine, a pasear. Yo había pegado buena relación con su mamá, que iba también a la recorrida; lo de la violación me entere por la tía, porque al tiempo la madre desapareció, aparentemente se fue a prostituir y las dejó, entonces la tía se empezó a hacer cargo. Y cuando llevé a las chicas al cine fue como algo totalmente diferente, noté como valoraban las cosas de otra manera.

¿Qué te genera a vos estar en contacto con estas realidades?

En un punto te genera angustia lo que ves, y por otro lado, yo me llevo un montón de cosas de la experiencia: angustias, dolores, risas, amigos, no solo dentro de la organización sino gente que iba a comer, que por ahí necesitaba un abrazo, un oído; al mismo tiempo he sentido alegría, al ver que esas personas pueden llegar a tener una posibilidad, eso está bueno. Es dejar de mirar para el costado, creo que cuando uno se involucra un poco más en las cuestiones donde hay una carencia grande, empezás a entender porque una persona actúa de determinada manera. No creo que un pibe de diez años quiera robar si no tuvo una infancia complicada. “Un pibe no nace chorro” dice la frase. Por eso, aprendes que la situación, el entorno y el contexto lo lleva a actuar de esa manera. Y bueno, cada grano de arena suma, por eso me involucré.

¿De qué charlaban en general en las recorridas? ¿Había gente de todas las edades?

Habían familias, chicos jóvenes, personas grandes, la idea era tratar de guiarlos, en el caso de una persona que necesitaba una asignación era tratar de ayudarlo para que pueda poseer ese derecho y no vivir en la calle, sino al menos en una pensión. Tenés personas que les explicás cómo hacer las cosas, y lo hacen; depende del contexto, porque hay personas que si bien tienen carencias están más contenidas, pero otros no. Por ejemplo, a algunos les hemos conseguido trabajo en kioscos, o en la casa de una persona de la organización que necesitaba algún laburo de pintura en su casa; yo mismo les he dado trabajo en mi casa. La idea es que ellos vean que pueden cambiar de alguna manera su forma de vida, es difícil, porque a veces el contexto no ayuda, muchos han cambiado y de repente caen de vuelta producto de con quién se juntan, lo que les pasa en la casa, las peleas con los padres. Los viernes hacíamos partido de fútbol en la plaza y ese era un momento recreativo para todos, y muchos te contaban lo que les pasaba. Ahí también he generado amigos, un chico joven que los padres fallecieron, se endeudó, entró en depresión y quedó en la calle, ha venido como amigo a mi casa. Yo iba de traje y zapatos al salir del banco en el que trabajo y me trataban de la misma forma que a cualquiera; tiene que ver con cómo uno se involucra con esa persona y la sencillez que uno pueda manejar.

¿Te acordás cómo fue la primera vez que fuiste?

Fue shockeante pero bueno, los primeros meses fueron complicados, porque era un momento donde había muchos pibes de 11, 12 años, drogados con paco, poxi, y te les acercabas y nada; hemos esquivado botellazos y piedrazos, porque capaz son amigos pero entre ellos se empiezan a cagar a piñas. Al principio fue chocante hasta que empezamos a ver cómo manejarlo, tratábamos de calmar a los pibes, de frenarlos, y si era necesario sacarles la botella o la bolsa lo intentábamos hasta lograrlo. De alguna manera u otra, inconscientemente ellos porque tienen mucho dolor adentro y tal vez esa es su forma de llamarte la atención; a veces terminan quebrando, llorando y contándote qué lo que les pasa, esa bronca que tienen es producto de algo que les pasó, entonces entendés también qué es lo que les genera actuar así.

¿Cómo era irte del banco a las recorridas?

Y, salía del laburo y me iba para allá, preparábamos las comidas y tipo nueve la llevábamos al “Triangulito”, los viernes nos podíamos quedar más tiempo, entonces ahí se daba lo del fútbol y actividades para los más chicos como dibujo, juegos de mesa. Me ha pasado muchos viernes que nos íbamos con mi amigo con la cabeza baja, porque escuchábamos historias de abuso, de violencia de género, de gente que iba a dormir arriba de una parada de colectivo, y vos te vas a tu casa y sabés que te vas a acostar en una cama cómoda y esa persona duerme ahí y bueno, vos tampoco podes llevártela. Eso me generaba determinada culpa, porque yo me iba y ellos se quedaban en ese contexto y nosotros no podíamos hacer más que lo que hacíamos: nuestras herramientas tenían un límite, es difícil cuando llegás a ese límite y ves esa realidad.

¿En qué sentís que te cambió esta experiencia?

Creo que cambiás un montón, y te hace valorar también cosas que a vos te parecen simples, como un abrazo o una charla, que para esas personas no lo son. Ves la vida de diferente manera, valorás más todo. También lo que intentábamos dentro de la organización era que ellos mismos empiecen a ser parte del grupo, que decidan con nosotros, que se involucren, que cocinen también, por ejemplo. Y generaba algo positivo porque se sentían útiles, que eran parte de algo, que pertenecían. Eso lo veías también en alguien que de repente vivía en una casa súper precaria, pero tenía un re auto; y bueno, es que ellos tienen la necesidad de pertenecer a algo, aunque sea solo un bien material, los hace sentirse parte de alguna manera. Es fuerte todo, pero te llevás muchas cosas lindas, muchas experiencias, y cambiás tu forma de mirar.