Milagros Colombo

“Hacer algo que vale la pena nos acerca a nuestra mejor versión”

Para los internos de una cárcel, cualquiera que venga de afuera es “gente de la calle”. Y Milagros Colombo es una de esas personas que eligió compartir su sensación de libertad con personas que viven el encierro en su máxima expresión. Ella dice que su mejor herramienta es el Yoga y, como si hubiera estado predestinado, ya lleva dos años junto a Moksha, un colectivo de profesores que aportan su granito de arena para que la cárcel sea realmente un espacio de rehabilitación y transformación. Charlar con Milagros es inspirador. Es risueña y soñadora, y a la vez realista y perseverante. Conocela y descubrí otra realidad posible.

¿Cómo llegó Moksha a tu vida?

Vas a pensar que es muy loco… pero todo empezó con un sueño. ¡Literalmente! Mientras hacía el profesorado de yoga, estaba yendo a Luján en tren, me quedé dormida y soñé que estaba dando clases en la cárcel. Te juro que me desperté con la sensación de que algo me había movido la estantería. El yoga es una disciplina que siempre te trae al presente. Lo que fue ya no está y lo que va a venir tampoco, y eso me conectó con una sensación de libertad muy grande. Como de una hoja en blanco en continuo, la posibilidad de empezar una y otra vez. Y cuando empecé a identificar realmente lo que me daba la práctica, empecé a pensar en que quería contagiar esa sensación de libertad a quienes vivían en la máxima expresión del encierro. Con el tiempo conocí un profesor que daba clases de yoga en la cárcel y, sin dudarlo, le dije que quería sumarme. Al tiempo de esto, estuve con un tema de salud que me tuvo un año sin poder dar ni tomar clases. Y a días de retomar mi vida normalmente, los profes con quienes yo trabajaba me cuentan que querían empezar a dar clases en la cárcel conmigo. ¡Todo parecía indicar que era mi destino! Y Rodrigo, uno de los profes de la escuela que había sido rugbier, conocía a los chicos de Los Espartanos, así que nos hizo el “entre” para reunimos con ellos y le contarles la propuesta. Así fue como empezamos. Esto gustó y empezó a crecer. Arrancamos en el pabellón donde estaban Los Espartanos, y a los dos meses ya se asomaban otros desde las ventanas de sus celdas para saludarnos y charlarnos. Así fue que muchos empezaron a pedir clases de yoga en otros pabellones. De repente eran un montón de personas y teníamos que ir con bastantes materiales para cada uno. Así que organizamos un festival para juntar plata y comprar todo lo que necesitábamos para el proyecto.

¿Qué era lo que se estaba planteando cuando comenzó Moksha?

Creo que cada uno tiene un móvil distinto y día a día puede ir mutando. Todavía hay días en que tomo perspectiva y me pregunto por qué estoy haciendo esto. Yo empecé desde preguntarme qué era lo mejor que tenía para dar. Y en mi caja de herramientas el yoga era –y es- lo mejor que tengo para dar, lo que más me gustaba hacer y que además le podía servir a un otro. Admito que también disfruto mucho los desafíos y eso también sumó un poco a la iniciativa. Pensaba en cuál era el escenario más desafiante para hacer yoga, como una manera de redescubrir las posturas y reinventar la manera de dar clase. No es lo mismo dar yoga en el centro de La Horqueta que dar en la cárcel o en un geriátrico. Para mí es importante estar entusiasmada con la vida. Después, estrictamente desde el proyecto, nos impulsa mucho poder colaborar con hacer de la cárcel un lugar que realmente sea de rehabilitación y transformación. Y la verdad es que cuando termina una clase salgo con un gran sentido de vida, siento que mi vida valió la pena. Creo que a todos los que trabajamos en algo solidario encontramos un sentido de vida. Es conmoverte con el otro y sentir que aportás algo al mundo.

¿Cómo se organizan las clases en los pabellones?

Actualmente estamos yendo los lunes a la Unidad 47 con mujeres y los miércoles y jueves a la Unidad 48 con hombres. Igualmente, con el tiempo fuimos afinando nuestro protocolo y poniéndonos más serios con el proyecto. Primero fuimos desde un lugar muy inocente y a puro corazón porque ninguno había trabajado nunca en una cárcel. Pero después fuimos viendo que teníamos que delimitar un poco más algunas cuestiones para que el proyecto funcione bien. La idea es generar un vínculo de confianza con los alumnos, pero también mantener una distancia de profesor-alumno. De a poco fuimos generando una manera diferente de manejarnos adentro, de vestirnos, prestar atención a cosas que no desvirtuaran nuestra intención de dar clases. Al estar encerrados, los chicos están tan sedientos de contacto, de diálogo, de ser vistos. Por eso está bueno que ellos mismos de a poco vayan comprendiendo los matices del trato y la comunicación. Es todo un aprendizaje de las dos partes. Hoy dictamos clase en ocho pabellones al mismo tiempo y somos un equipo de 18 personas de las cuáles 16 somos mujeres.

Con tu libertad tomaste la decisión de ir a dar clases a un lugar de encierro y prohibiciones. ¿Qué sentiste la primera vez que entraste a la cárcel?

La noche previa al primer día no pegué un ojo, me dolía la panza y pensé: “listo, no quiero ir”. Tenía miedo y muchos nervios. Pero creo que existe una especie de fantasía sobre la cárcel, vemos muchas películas. Y si bien hay muchas cosas que sí son reales, también hay situaciones tan cotidianas y humanas como las que podría vivir cualquiera de nosotros. Es un lugar con mucha oscuridad pero, a su manera, también tiene una luz. Apenas entré, se me acercaron tres tipos para ofrecerme mate y todo se dio de manera super amable. Por eso, cuando sentí que había contactado con su humanidad, me relajé. Después, otro momento bravo que tengo presente fue hace dos semanas, cuando fuimos por primera vez al ala izquierdo de la cárcel. De ese lado hay otra categoría de delitos y nosotros no habíamos ido nunca. Pero Isa, una de las profes que lidera Moksha y con las que llevamos el proyecto adelante, propuso la idea de ir. Yo la iba ayudar a conseguir los permisos y todo lo que necesitara pero el que la iba a acompañar era un profe hombre. La noche anterior ese profe se dio de baja y casi por impulso dije “vamos, yo te acompaño”. Entonces, la condición que le pusimos al director fue que para entrar a dar clases nos acompañaran dos o tres alumnos del ala derecho. Con Isa nos sentíamos cuidadas, y además fue interesante que ellos nos acompañen para saltar sus propios prejuicios, como también para verse así mismos brindando algo bueno por otro dentro del mismo encierro. El momento de presentarnos fue muy emocionante porque nuestros alumnos que acompañaban quisieron compartir lo que significaba el yoga para ellos, para qué les había servido, qué sentían. Y eso ya me hizo volver a mí y encontrar nuevamente el sentido de porque estoy haciendo esto. En ese momento tuve ganas de llorar.

El Yoga es una práctica de mucha introspección. ¿Cómo se sienten los alumnos con esta búsqueda interior?

Además de la práctica en sí, también aportamos nociones de la teoría como, por ejemplo, el Ahimsa, el concepto de no dañar. Y eso los involucra con el registro de su propio cuerpo durante la práctica, como también pensarlo en el extremo de no matar. Eso hace que se abra un abanico inmenso de respuestas en la clase. Está el alumno que se pone a llorar y desde el registro de lo que hizo quiere ir a pedirle perdón a la familia que lastimó, hasta el que te dice que gracias al yoga ahora puede dormir a la noche. El yoga tiene que ver con el tiempo presente sin sostener la carga del pasado, porque si no lo vas a seguir arrastrando. La presencia es en ese momento. Hay algunos de los chicos que temen salir de la cárcel porque se preguntan si van a poder sostener fuera lo que están cambiando adentro. Se preguntan si van a poder conseguir trabajo, cómo va a ser reencontrarse con sus amigos. Y estas son charlas que siempre tenemos con ellos, porque nos interesa que esa práctica de presencia la puedan llevar a su vida fuera de la cárcel para reinventarse y elegir un camino distinto del anterior.

¿Qué se transformó en vos a partir de este Moksha?

En lo personal creo que me reconozco como muy rígida y poco compasiva conmigo misma. Y hoy puedo ver que algo de eso se fue suavizando. Creo que en ese sentido se me encendió un poco la luz. Y después también empecé a sentir lo buenos que eran mis días. Pensar “qué bueno fue mi día” antes de irme a dormir no me parece poca cosa. Siento que se colma el sentido de mi vida, que me siento más plena. Hoy agradezco un montón al proyecto y a mis alumnos. Siento que cuando hacemos algo que vale la pena estamos más cerca de nuestra mejor versión. Hoy me siento así conmigo misma.