María Eugenia Lozza

“Poder hacer algo con el otro es mágico”

María Eugenia, Maige, tiene 34 años y desde hace casi quince que vive con una convicción, un deseo: construir una educación transformadora, lograr que otras personas sean atravesadas desde la educación para transformar sus vidas positivamente. Con esta intención, en diferentes ocasiones y desde chica se involucró en diferentes experiencias educativas en villas, pero con el tiempo, influida por sus propios aprendizajes y sus estudios de comunicación social, quiso llegar más lejos o sumergirse con mayor profundidad en el universo de la educación popular. Así llegó al Bachillerato Popular Miguelito Pepe, donde durante nueve años dio clases a jóvenes y adultos que fueron expulsados de sus escuelas, y donde también decidió voluntariamente construir no sólo una educación diferente, sino también un espacio físico nuevo para mejorar la experiencia diaria de los estudiantes. Así, con pico y pala, junto con otros profesores del bachillerato, en un año, con sus propias manos re acondicionó un piso entero para mudar la institución a un lugar mejor. Y todavía quiere seguir construyendo más, mucho más.

¿Cómo fue que te empezaste a interesar por el mundo de la comunicación?

Cuando terminé el secundario tenía claro que quería hacer algo relacionado a las ciencias sociales. Supongo que fue medio intuitivo, me gustaban los medios de comunicación, igual nunca me vi como periodista, la carrera me lo confirmó; siempre me gustó más esto de las políticas públicas, para pensar el vínculo entre comunicación y políticas de juventud. Después me empecé a orientar más hacia la educación. En la misma carrera me fui configurando.

¿En qué momento te involucraste por primera vez con la educación como práctica?

Yo soy de Bahía Blanca, y en los últimos dos años del secundario me sumé a un grupo que iba a hacer actividades los sábados en un barrio bastante carenciado; Pero la actividad en sí para mí era bastante naive, estuvo muy bien pero era muy como “voy, estoy un rato y ya”. Después, en la facultad armamos un grupo con el que íbamos los sábados a la Villa 15, en Ciudad Oculta. La idea era impulsar un espacio educativo pero terminábamos yendo y haciendo solo un apoyo escolar que no tenía una pata fuerte, nunca terminábamos de vincularnos del todo con las escuelas. Fue trunco pero estuvo bueno pensar, ver realidades completamente distintas. Cuestión que al año me escribe una de las chicas con las que había participado de esa experiencia y me cuenta que se había metido en un bachillerato popular, y me invitó a sumarme.

¿Qué te pasó la primera vez que fuiste?

Cuando conocí el espacio para mí fue como “esto es inabarcable”, porque la experiencia es muy grande. Es una escuela secundaria para jóvenes y adultos que abandonaron sus estudios o fueron expulsados por distintas razones; tiene que ver con la educación popular, con la construcción de un sujeto crítico, y con que el docente nunca se posiciona como una persona de saber, se va a construir entre los dos: yo reconozco en el otro un montón de saberes, y el otro reconoce en mí un montón de saberes. Y tiene que ver con regenerar la confianza en la otra persona, porque también la mayoría de los que van fueron muy excluidos, cuentan situaciones tremendas del sistema educativo como “yo dejé porque me embaracé y no me quisieron más en la escuela, porque hacía bardo, porque faltaba porque tenía que ir a trabajar”. La idea del bachillerato es abrir eso y tener en cuenta la experiencia y el contexto que vive el estudiante. En general son personas con una condición económica bastante precaria, o su condición habitacional es muy fuerte, o tienen trabajos informales.

¿Cómo era tu rutina en el profesorado? ¿Cada cuánto ibas?

Yo llevaba esto en paralelo con mi trabajo, en un momento llegué a ir cinco veces a la semana. Salía de mi laburo y me iba directo a Constitución, en ese momento yo estaba laburando en un centro de estudios, y al año me pasé al Congreso, trabajaba en una secretaría con un diputado, nada que ver a lo que hacía en el bachillerato. Ahí yo daba clases, digamos que lo aprendí de la práctica, fue un descubrimiento y una transformación que estuvo buenísima. Trabajando en grupo se puede construir algo muy sólido. Éramos gente de comunicación, antropología, sociología, ciencias políticas. Yo siempre di lengua y literatura, y también había cosas que yo me re había olvidado. Para mí no era tan importante que sepan gramática, sí que sepan construir relatos, con coherencia, el cómo estás diciendo algo, por qué, para quién. En lengua escribían mucho. Quería que escriban, que suelten un poco la mano, porque todo el tiempo era, “yo no puedo escribir más de dos renglones”, entonces era “bueno, contame cuál es tu recorrido de tu casa hasta acá”. El punto es encontrar por donde ir.

¿Qué percibiste sobre la evolución en los estudiantes?

Los estudiantes son lo más. Había desde muy jóvenes hasta Cirila de 75 años, que quería terminar el secundario. Hay de todo tipo. Y también había siempre un prejuicio de ellos hacia los profesores, como “vos estudiaste un montón, vos sabés un montón”, y en eso como que te empieza la cabeza a girar un poco, empezás a tratar de reconstruir la confianza en el otro, y te involucrás mucho con la historia de cada persona. Te invitaban a cumples, festejos, hasta empezó a ser mi lugar de pertenencia, de refugio. También es encontrar otras voces, y a su vez, que te digan, “gracias, porque yo no podía escribir nada y estoy escribiendo y me doy cuenta que me encanta”. Agradecida yo, porque bueno, está bueno ver eso en el otro.

¿Y era rentado tu trabajo?

En el bachillerato cuando tenés una planta oficial se le paga a la figura de directores, secretarios y en última instancia se le da un cierto pago que no llega a ser ni un viático (200$ por mes) a cada pareja pedagógica, que se la dividen entre los dos. Como nosotros no tenemos director, ni secretario, y la planta docente es el doble de lo que figura en el plan de pago del gobierno, lo que decidimos fue usar todos esos recursos para reacondicionar un piso al que nos queríamos mudar desde hacía tiempo. Y decidimos restaurar el primer piso del mismo edificio en el que estábamos.

¿Cómo fue la construcción de ese espacio nuevo?

Fue una experiencia que fue una locura. En el 2012 empezamos a hacer jornadas de limpieza en el edificio, era un molino harinero del 1800, hermoso, con columnas de hierro. Y ahí se decidió que la plata del director y la mitad de la plata del secretario serían invertidos en el edificio. Durante la semana se construía desde una cooperativa de trabajo, y ahí se sumaron a construir algunos estudiantes que estaban buscando trabajo; y después los fines de semana íbamos nosotros, los profesores, a hacer el trabajo más pesado, y eso era un ahorro en la obra. Íbamos todos los domingos.

Ponían el cuerpo a pleno digamos.

Y, sí, poníamos el cuerpo: cargar escombros, limpiar, yo aprendí a marcar con la regla, a llenar carretillas, poner cerámicos, hacer llenada de pisos. Obviamente siempre con la compañía de los que ya venían trabajando en eso y sabían hacerlo.

¿No contrataron albañiles?

No, todo lo hicimos nosotros. Estaba todo destruido el lugar, el piso que originalmente tenía era un triple piso de madera, era un edificio inglés, entonces lo que se hizo fue levantar todo el piso, y después armar bovedillas de ladrillos que después se llenaron con cemento, y se hizo el piso y después pusimos cerámico. Las paredes las picamos todas y las dejamos con ladrillo a la vista. Era muy grande el lugar, éramos alrededor de diez para todo ese edificio. Salvo en dos jornadas que se sumó más gente y fuimos como cien personas. Cargar carretillas de cemento, tirarlas y llenar un piso de 300 metros cuadrados. Te dolía todo pero igual, a mí me llenaba de mucha felicidad, lo hacía con mucho placer.

¿Cuánto tardaron en terminarlo?

Tardamos un año. Yo lo que me llevo es que, en el momento de la construcción se dio una cuestión de que ya no se dividía el conocimiento por un lado, el cuerpo por el otro, o el tiempo; había como una figura de muchas aristas, era como la materialización de una construcción colectiva. Era construir nosotros mismos la educación desde la acción. Yo puedo quedarme con dar clases en el aula, o puedo ampliar mi experiencia.

Cuando terminaron el edificio ¿cuál fue la reacción de los estudiantes?

Se hizo una fiesta, estábamos todos muy emocionados, fue una fiesta re linda. Lo terminamos en 2014. Y en 2015 nos mudamos. Los alumnos, muchos habían estado en las jornadas y sabían y los otros cuando lo vieron no lo podían creer, porque es un lujo, es ponerle mucha calidad también a cómo se dan las clases, al espacio donde se dan. Estaban todos súper contentos. Enseguida todo el mundo se apropió del lugar.

¿En qué sentís que te transformó a vos haber pasado por todo este proceso?

Yo creo que por un lado hay una búsqueda que yo estaba teniendo de una educación transformadora, que todavía la sigo buscando; y creo que como persona me abrió, pensar las cosas desde otro lado, escuchar al otro, ver lo que le pasa, ver qué se puede hacer en conjunto, dar confianza al otro. Poder hacer algo con el otro es mágico. Para mí va por ahí la cosa. Y a su vez me doy cuenta que muchas de esas cosas las fui integrando a otros ámbitos. Yo por ejemplo hasta hace poco estaba trabajando en un Ministerio, y todos siempre me decían, “vos le diste humanidad a esta oficina” y yo no entendía porqué. Bueno, tal vez era eso, el escuchar al otro, el tratar de encontrarle la vuelta a todo, de construir, de entender; el otro muchas veces tiene una necesidad de compartir y de contar con el otro. Y a su vez uno siempre supongo que tiene la intención de mejorar el mundo, de lograr un lugar mejor. Que nunca lo puede hacer uno solo, siempre se necesita traccionar con un otro. Que a veces es incómodo, yo por ahí no siempre tenía el mejor humor para ir al bachillerato, para ir a construir, pero a su vez siempre algo pasaba en ese espacio que estaba buenísimo, y quizás es eso, también decir, “bueno, yo me comprometo, y si me comprometo algo tengo que hacer”.