Vany Yang

“Las abuelas me recuerdan que todos somos iguales”

Plaza Miserere es un barrio caótico y ruidoso, pero todo parece transformarse cuando entramos a Asia Queenes, el salón de belleza de Vany quién nos recibe con su simpleza, su calidez y alegría. Nos servimos un té y, entre risas y secadores, nos disponemos a charlar sobre su historia. Cómo llegó a ser peluquera, en qué momento decidió colaborar con un hogar y algunos deleites de su entorno cultural fueron parte de una emotiva entrevista con esta joven taiwanesa que hoy es parte de Otra Gente.

¿Cómo llegaste a ser peluquera en Argentina?

Llegué con mi familia cuando tenía seis años así que estudié todo acá. Vivíamos al lado de una peluquería y siempre me gustaba mirar a las mujeres que entraban, porque después salían distintas. Iban con una cara y salían con otra, y eso me encantaba. Con el tiempo se me ocurrió que ahí podía aprender un poquito de ese oficio, como eran mis vecinos me dio curiosidad y les pregunté si podía empezar al menos voluntariamente. Empecé así, y cuando noté que cada vez me gustaba más me anoté en una academia, luego seguí la carrera mientras estaba en el colegio secundario. Después, mientras seguía formándome en peluquería, también estudié un poco de diseño de indumentaria en la UBA. Siempre me gustó mucho la moda.

¿Te costó adaptarte a la cultura de nuestro país?

Como era muy chica fue más fácil y solo me costaba un poco el idioma, pero por suerte nunca padecí discriminación. Si bien sabía de amigos que sí habían sufrido, yo siempre me sentí bien. Logré mantener mis dos culturas, porque en mi familia, por ejemplo, somos budistas y solemos ir frecuentemente al templo. Y es muy rara la sensación cuando viajo a Taiwán, porque tengo cara de oriental y hablo perfecto el idioma, pero todos me preguntan de dónde soy porque conozco pocas cosas de allá y parezco diferente. Aunque conservamos muchas tradiciones taiwanesas acepté muy bien la cultura de acá, de hecho tomo mate y cuando vienen clientes chinos me miran sorprendidos.

¿En qué momento descubriste tu vocación solidaria?

Mientras estaba estudiando en el secundario también asistía a un colegio para estudiar chino. Este lugar estaba en contacto con una iglesia en la que vivían niños huérfanos y varios de nosotros comenzamos a dar clases de apoyo escolar a los chicos que estaban ahí. Estuve ahí un tiempo y noté que los chicos que llegaban eran muy agresivos, inquietos y desconfiados con la gente. Eso me llamó mucho la atención, pero en ese momento yo también era chica y no sabía manejar la situación. Con algunas chicas con las que tenía más confianza charlaba sobre su vida y me contaban que estaban ahí porque las habían abandonado o su padre estaba en prisión. Eran historias de familias rotas y situaciones muy difíciles, eso me pareció muy fuerte y me quedó grabado. Entonces, si bien sabía que tenía el proyecto de poner mi salón para trabajar, también me daba cuenta de que tenía muchas ganas de ayudar a la gente. La sociedad de hoy es un poco fría y tenía ganas de transmitir algo diferente y me parecía que podía aportar algo desde mi oficio.

¿Cómo llegó la oportunidad de colaborar en un hogar de mujeres?

Primero empecé a preguntar a mis conocidos porque sabía que había varias organizaciones que estaban vinculadas a la solidaridad. Un chico que conocía del templo budista me comentó que había una iglesia que estaba conectada con un hogar de mujeres (Hogar Santa Teresa Jornet) que estaba necesitando una peluquera, alguien que le corte el pelo y las uñas a las abuelas. Así que me copó la idea y fui. Como son personas mayores, muchas veces no pueden o ya no saben cómo lavarse el cabello y la idea es cortarlo bastante y prolijo. Así que desde febrero que voy todos los últimos martes del mes por la mañana. Ahí trabajo cerca de tres horas porque son muchas señoras. Y la verdad es que me gusta, es una manera ayudar y dar alegría a las abuelas, además ver que están lindas me hacen sentir bien.

¿Cómo fue la experiencia de llegar al hogar y vincularte con ellas?

Fue muy lindo. Cuando llegué ya estaban todas las abuelas juntas en una sala donde hay una tele y ahí se organizan sus turnos de corte. Ya el primer día empecé a cortar el pelo junto con una chica que ya estaba ahí también. Solamente les cortamos el pelo porque no tenemos tanto tiempo y son muchas abuelas. Si no llegás a cortarle a alguna, tiene que esperarte al mes siguiente a que vayas, también por eso las hermanas del hogar nos piden que les cortemos cortito. Es gracioso ver que algunas abuelas se molestan porque –tal como las niñas- quieren tener el pelo largo. Entonces tengo que tratarlas como tales, les digo que les corté poquito cuando en realidad les corto como me piden las hermanas. Pero ellas se quedan contentas, me dicen que les alegré el día, me abrazan y eso me da mucha ternura.

¿Qué es lo que más te gusta de esos martes de peluquería en el hogar?

Siento que aprendí mucho con ellas. Desde el budismo, nosotros tenemos que trabajar en el desapego de lo material, y mi trabajo en general es justamente lo opuesto. El mundo de la moda es muy frívolo, la fama y la riqueza son valores muy diferentes. Y en un punto siento que las abuelas me recuerdan que todos somos iguales, que no importa nuestra nacionalidad ni cuánta fama tengamos porque un día vamos a envejecer como ellas. Cuando llega tu momento retrocedés a cero, entonces no vale mucho pelearse por la fama porque lo más importante es el amor, la salud y la amistad. Eso no tiene precio.

¿Sentís que con esta acción lograste concretar lo que estabas buscando?

Sí, totalmente. Cuando voy las observo mucho y noto cuando no están felices, hay algunas que no reciben visitas de sus hijos ni sus nietos y eso me da mucha tristeza. Me pareció muy fuerte ver abuelas que no estaban felices, ellas están ahí esperando el día de su muerte, entonces siempre que voy las mimo y las hago sentir como a mis abuelas. Porque aunque por momentos no me comprendan porque ya están con muchos problemas de salud, quiero que reciban el afecto que les doy. Me hace bien estar ahí y hacerlas sentir bien aunque sea por un rato.